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¡Hola, vecinos del mundo! La experiencia que vengo a contaros hoy no tiene nada que ver con ordenadores ni consolas, pero sí que está muy relacionada con los juegos: el pasado 18 de junio tuve la oportunidad de participar en El Pueblo Maldito. Seguro que os sonará, porque no es la primera vez que os mencionamos los juegos de supervivencia y, en concreto, este: la segunda edición de este 2016 se ha convertido también en la primera a la que GeekyJuegos pudo asistir, en el pueblo madrileño de Morata de Tajuña. Y he de admitir que la experiencia de pasar seis horas corriendo por las calles del pueblo, intentando resolver pruebas y esquivar profundos fue muy positiva: incluso las agujetas posteriores merecieron la pena.

Mi equipo y yo, los Mortadelfas, llegamos a Morata con tiempo para hacer el check-in en el polideportivo del pueblo y, ya de paso, darnos una vuelta para explorar el terreno que unas horas más tarde estaría lleno de criaturas deseosas de matarnos. En el polideportivo fue donde empezamos a equiparnos para la aventura: nos dieron un mapa con las reglas del juego, una banda roja para que los demás jugadores supieran que también éramos supervivientes y la pulsera que nos identificaba como jugadores de Pueblo Maldito.

Un poco más tarde de las diez de la noche, todos los jugadores nos reunimos en la plaza del Ayuntamiento, donde daría comienzo el juego: tras recordarnos las normas de seguridad y las reglas básicas de la partida, todo el mundo se metió en el papel. Mientras, la Orden Esotérica de Dagón nos explicaba sus ideales y pronto nos damos cuenta de que se trata de una secta religiosa ecologista que se ha afincado en el pueblo donde, por cierto, están pasando cosas muy raras… Desapariciones, rumores de sacrificios humanos, rumores de deformaciones y una misteriosa ley del Silencio que asola el pueblo y a sus vecinos. Pero siempre hay alguien dispuesto a plantar cara a aquello que no le gusta, y ahí aparece el grupo del Pez Rojo, que precisamente es el que pide la ayuda de los investigadores (nosotros) para intentar resolver el misterio.

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En esas estamos, durante la escena inicial, cuando de pronto el equipo Mortadelfas ve que hay unos cuantos profundos junto al escenario: alentados por unos cuantos jugadores que echaron a correr antes de tiempo, echamos a correr fuera de la plaza del Ayuntamiento antes de que sonara la campana que indicaba el final de la escena. Pero esto es algo que suele pasar: es la emoción del momento y no importa que sepas que no puedes morir tan pronto, la inercia es correr siempre.

Una vez que nos vimos alejados del que nos pareció el germen central de los profundos, nos dispusimos a mirar nuestros mapas y empezar a trazar algún plan para empezar a resolver el misterio. Al principio estuvimos dando vueltas un rato porque no estábamos muy seguros de qué hacer: nos habíamos ido antes de tiempo y pensábamos que habíamos perdido por ello algún tipo de instrucción, pero en lo que caminábamos por las calles del pueblo, asomándonos por todas las esquinas y ensayando nuestra llamada secreta identificativa, dimos con la primera prueba: había un hombre en la puerta de un garaje del que salían unos gritos nada alentadores. El problema era la afluencia de jugadores: parecía que esa era la primera prueba que estábamos encontrando casi todos, porque se comenzaron a formar colas y finalmente los Mortadelfas decidimos buscar suerte en otra parte del pueblo.

Nuestra primera prueba fue la más sencilla. Situado en un parque poco iluminado, un miembro de la Orden, con su túnica verde, nos pidió que realizáramos una sencilla prueba de memoria visual. Una prueba que, a decir verdad, nos salió bastante mal para lo fácil que era, pero lo importante es que conseguimos pasarla: a partir de ahí, las cosas se fueron complicando. Sin ir más lejos, en otra de las pruebas de la Orden pusieron a prueba nuestra moralidad y nuestra ética: teníamos que elegir entre sacrificar a una chica a la que habían capturado o sacrificar a un miembro de nuestro equipo. Divididos entre salvar a una inocente y ser egoístas para salvar nuestro grupo, terminamos por hacer un sacrificio humano que nos costó uno de nuestros seis valiosos puntos de cordura.

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Y digo valiosos porque de los puntos de cordura dependía que siguiéramos siendo investigadores o nos terminásemos convirtiendo en profundos. La organización del evento nos comentó que este tema de los puntos de cordura era uno de los que habían resultado más complicados de encajar en otras partidas, porque los jugadores se habían quejado de que perdían la cordura demasiado pronto. Sin embargo, a nosotros nos habría gustado que hubiese un poco más de tensión: al finalizar el juego, todo nuestro equipo tenía más de la mitad de los puntos de cordura, por lo que ninguno terminó siendo un profundo… ¡Otra vez será!

Eso sí, si hay una prueba que todos los Mortadelfas terminamos definiendo como la mejor de todas fue la que nos llevó a la parte alta del pueblo, donde tuvimos que detenernos a montar una estrategia para intentar llegar a la prueba sin que los profundos que había por allí nos cogiesen. Situada en un bosque con un parque infantil y un restaurante en las zonas colindantes, tuvimos que hacer varios intentos para poder llegar a la prueba y durante un rato el grupo se separó: dos nos quedamos rezagados, los otros tres siguieron adelante. Durante un rato he de admitir que me parecía un poco imposible atravesar la vigilancia de los profundos, pero después de echarle narices y prepararnos para el sprint de nuestras vidas, conseguimos llegar a la zona donde estaba el resto del grupo, planificar nuestro siguiente movimiento y acceder a la prueba de una vez: fue una de las más divertidas y la que más nos gustó. Ponía a prueba nuestro autocontrol (teníamos profundos soplándonos la nuca literalmente, pero no podíamos correr), nuestra confianza en los compañeros y nuestro sentido de la orientación (llevábamos los ojos tapados).

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Tras varias pruebas, más de una carrera esquivando profundos, alguna que otra pirueta ultra épica para evitar las garras de los malos y un par de inocentes a los que decidimos sacrificar, llegamos a las cuatro de la mañana a la plaza del ayuntamiento para presenciar la escena final: sabíamos que no habíamos ganado, porque no teníamos terminadas todas las pruebas, pero desde luego íbamos satisfechos (y muy cansados) con cómo nos habíamos desenvuelto a lo largo de la aventura.

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En el viaje de vuelta al centro de la capital comentamos varios aspectos que nos habría gustado mejorar, y uno de ellos fue el hecho de que era demasiado difícil perder cordura y convertirse en profundo: nos gusta el riesgo y nos habría gustado que alguno hubiese terminado disfrazado de malo. Por otra parte, y a esta conclusión llegamos después de varias huidas desesperadas y unos profundos que corrían una barbaridad, para la próxima aventura de Pueblo Maldito pondríamos a los profundos más visibles, aparte de la luz amarillo-naranja que se colgaban del pecho: había momentos que te cruzabas con alguien y no tenías muy claro si echar a correr u ofrecerle una barrita energética porque estaba en la misma situación que tú.

Sin duda fue una experiencia muy positiva que repetiríamos sin dudarlo, y desde aquí damos las gracias a Rubén Julià por invitarnos a participar en el episodio dos de Pueblo Maldito. ¡Esperamos vernos en el siguiente! Y a vosotros, ¿qué os parecen este tipo de juegos? ¿Habéis participado en alguno? ¿Os gustaría hacerlo?

Jugad mucho y ¡hasta la próxima!